Por qué escribirle a un desconocido reduce el estrés (y mandarle un mensaje a un amigo, no)

Cuarenta años de investigación sobre la escritura expresiva y sobre hablar con desconocidos, y lo curioso que pasa cuando juntas las dos cosas.

SEPT 22 · 2026 · 8 min de lectura#investigación#estrés#soledad

En 1986, un psicólogo de la Southern Methodist University pidió a un grupo de estudiantes algo sencillo: que escribieran quince minutos al día, cuatro días seguidos, sobre lo más duro que les había tocado vivir. Un grupo de control escribió sobre sus zapatos, su habitación o lo que habían hecho ese día. Después, cada uno siguió con su vida.

Seis meses más tarde, James Pennebaker revisó los registros del servicio médico de la universidad. Los estudiantes que habían escrito sobre lo duro habían ido al médico más o menos la mitad de veces que los que habían escrito sobre sus zapatos.

Ese estudio lleva cuarenta años repitiéndose, con todo tipo de variantes, y dando que hablar, y su hallazgo central ha aguantado mejor que la mayoría de los hallazgos de la psicología: convertir una experiencia difícil en frases cambia cómo te afecta. No contarla: escribirla. Hay algo en tener que elegir las palabras, en orden, una detrás de otra, que convierte un peso sin forma en algo con contornos. Y lo que tiene contornos se puede soltar.

El efecto del desconocido

Hay un segundo hallazgo, de otro rincón de la psicología, que es todavía menos intuitivo.

En 2014, Nicholas Epley y Juliana Schroeder pidieron a gente que iba en tren al trabajo en Chicago algo que a la mayoría le daba pavor: hablar con el desconocido que tenían sentado al lado. Todos daban por hecho que sería desagradable. Al terminar, casi todos contaron que había sido lo mejor del trayecto. Los que viajaron en silencio —como se les había indicado y como ellos mismos preferían— fueron los que peor viaje tuvieron.

Ese mismo año, Gillian Sandstrom y Elizabeth Dunn mostraron algo parecido a menor escala: las personas que tenían más interacciones breves con conocidos y desconocidos —el barista, quien coincide contigo en el ascensor— decían sentirse más felices y con más sentido de pertenencia esos días. Resulta que los lazos débiles de débiles no tienen nada.

Y mucho antes de todo eso, en 1975, Zick Rubin ya había documentado lo que todo el mundo sabía por los viajes largos en tren: la gente le cuenta a un desconocido cosas que nunca le ha contado a su familia. Los motivos no tienen ningún misterio. Un desconocido no comparte un pasado contigo. Un desconocido no puede usar más adelante lo que le cuentas. Un desconocido no te va a mirar con otros ojos durante la cena. Con un desconocido, la sinceridad sale casi gratis, y el alivio es, en su mayor parte, sinceridad.

Por qué un mensaje a un amigo no tiene el mismo efecto

Cualquiera diría que un amigo ayuda más que un desconocido, y para algunas cosas es así. Pero para eso que de verdad llevas a cuestas, un amigo suele ser justo el lector menos indicado, por tres motivos.

Te conoce. O sea, conoce la versión de ti que se supone que tienes que ser, así que le escribes a esa versión, y la frase sincera nunca llegas a teclearla.

Es una conversación. Llega un mensaje y te toca mantener viva la charla. No hay un último mensaje. Nada se termina, así que nada se suelta.

Es rápido. En el estudio de Pennebaker, el alivio salía de esos quince minutos: de tener que darle forma a aquello. Un mensaje son treinta segundos. Pone al otro al tanto y deja el peso donde estaba.

En la carta se cruzan los dos hallazgos

Ahora júntalos. Una carta a un desconocido es escritura expresiva (tienes que construir las frases) dirigida al único lector con el que la sinceridad sale barata (no te conoce), en un formato que se termina (una carta tiene una última línea). Es, casi por casualidad, el formato que habrían diseñado las dos líneas de investigación si se lo hubieras encargado.

Mucho antes de los estudios, la gente ya lo había descubierto. Por eso los amigos por correspondencia sobrevivieron al correo electrónico, por eso la columna de consejos «Dear Abby» duró sesenta años, por eso todas las religiones tienen su versión de la confesión anónima y por eso tantos guardamos en un cajón una carta que le escribimos a alguien y nunca enviamos. El alivio estaba en escribirla. Enviarla era opcional.

Cómo se vive desde dentro

Quienes escriben en Kindredly cuentan lo mismo con otras palabras, así que vale la pena decir sin rodeos qué hace este formato.

Escribes algo sincero sobre tu semana, para nadie en concreto. Le llega a unos cuantos desconocidos que escriben parecido a ti. Una de esas personas contesta, y normalmente no lo hace con consejos, sino con algo suyo, algo pequeño. Y se te deshace un nudo que ni sabías que tenías: en algún lugar del mundo, alguien a quien nunca vas a conocer leyó la versión de verdad y aun así te contestó.

No es terapia ni la llamaríamos así. Es algo más antiguo y más pequeño que la terapia. Es lo que pasa en el tren, pero con frases.

Si quieres hacer la prueba

Las instrucciones de Pennebaker eran sencillas y siguen funcionando: quince minutos, lo que de verdad te pasa, sin preocuparte por la ortografía y sin mostrárselo a nadie. Si prefieres que alguien lo lea —alguien que no pueda usarlo, que no te vaya a mirar con otros ojos y que te conteste—, en el escritorio de hoy hay quince cartas y seguramente una de ellas habla de lo mismo que te pasa a ti. Léela primero. Después escribe la tuya.


Fuentes, para quien tenga curiosidad: Pennebaker y Beall, «Confronting a traumatic event» (1986); Epley y Schroeder, «Mistakenly seeking solitude» (2014); Sandstrom y Dunn, «Social interactions and well-being: the surprising power of weak ties» (2014); Rubin, «Disclosing oneself to a stranger» (1975).

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