Casi todos los consejos de seguridad para amigos por correspondencia están pensados para niños, y se nota: no des tu dirección, cuéntaselo a un adulto. No es que estén mal. Es que no captan cómo es de verdad el riesgo cuando quien le escribe a un desconocido es una persona adulta, y ese riesgo casi nunca es un extraño que se planta en tu puerta. Es un extraño que, poco a poco y con muy buenos modales, te va pidiendo algo más que una carta.
Esta es la versión para adultos.
El principio: te conocen por tus palabras, no por tus datos
La gracia de cartearse es que alguien llegue a conocerte a ti: cómo piensas, en qué te fijas, qué haces en los días malos. Y nada de eso está en tu apellido ni en tu calle ni en la empresa donde trabajas. Un amigo por carta que sabe cómo es tu cafetera, quién es tu vecino y qué piensas a las dos de la madrugada te conoce mucho mejor que alguien que ha leído tu LinkedIn.
Así que la regla no es contar menos. Es contar lo que es verdad y guardarte lo que te sitúa en un mapa. Con lo que te pasa por dentro, toda la sinceridad que quieras. Con cualquier cosa que pueda llevar a alguien hasta tu puerta, quédate en lo general, para siempre si quieres.
Lo que te guardas, al menos hasta que tengas motivos para contarlo
- Tu nombre completo. El nombre de pila puedes darlo cuando lo tengas claro; uno que cualquiera pueda buscar en internet ya es otra cosa.
- Dónde vives, más allá de la ciudad. Además, «una ciudad que huele a pan por las mañanas» les cuenta más que tu código postal.
- Dónde trabajas, más allá de a qué te dedicas.
- Tu cara. No porque las fotos sean peligrosas, sino porque cambian la correspondencia: dejan de leerte y empiezan a mirarte.
- Tus otras cuentas. En cuanto tu amigo por carta también te sigue en Instagram, ya no es tu amigo por carta.
- Dinero, ni para dar ni para pedir. Sin excepciones. Ni para sellos ni por una emergencia ni porque parezca un encanto de persona.
Lo que puedes contar sin reparos
- Qué tal tu semana.
- Qué te da miedo, a grandes rasgos.
- Lo que piensas de las cosas.
- Tu letra, tus erratas, tus chistes malos, tus opiniones sobre el pan.
- La verdad. Aquí, y solo aquí, sale gratis.
El anonimato no solo es más seguro: funciona mejor
En Kindredly nadie tiene nombre al principio: para quienes te leen eres el N.º 4821, y ellos, para ti, también son un número. Empezó como una decisión de seguridad y terminó siendo lo mejor que tiene Kindredly. Cuando no hay nombre ni cara con los que quedar bien, la gente empieza por la versión sincera. Los desconocidos que contestan le contestan a esa, así que la correspondencia arranca desde la verdad en vez de tener que abrirse camino hasta ella. Después de cinco cartas cada uno, los dos pueden decidir intercambiar los nombres. Muchos ni se molestan: ya se conocen.
Las cinco señales de que alguien no ha venido por las cartas
Ninguna quiere decir que esa persona sea peligrosa. Todas indican que la correspondencia está a punto de convertirse en otra cosa, y eres tú quien decide si quieres eso.
- Quiere sacar la conversación de la plataforma —a WhatsApp, a Telegram, al correo— al poco de empezar, e insiste cuando le dices que no. Un amigo por carta de verdad está a gusto donde están las cartas.
- Te pide una foto, o te manda una sin que se la pidas. Sobre todo en las tres primeras cartas.
- La historia va a más. Un pequeño problema en la segunda carta es una crisis en la cuarta y una petición en la quinta. Es el guion de todas las estafas románticas que se han escrito y, a veces, también es alguien que está pasando un mes difícil. Nadie te obliga a averiguar cuál de las dos cosas es.
- Te hace de espejo demasiado bien. Viene del mismo sitio que tú, ha perdido lo mismo que tú y comparte ese gusto musical tan poco común que tienes. Las almas afines de verdad se parecen en el ritmo, no en los datos.
- Sientes que te lleva por donde quiere. Culpa si tardas en contestar; halagos que van un poco por delante de lo que has escrito. Fíate de esa sensación. Suele acertar, y hacerle caso no cuesta nada.
Qué hacer
Deja de escribir. Así de sencillo. No le debes nada a un desconocido, y una correspondencia que necesita explicaciones para poder terminar nunca fue una correspondencia. Cualquier plataforma que se precie tiene una forma de bloquear a alguien para que no pueda volver a contactarte y otra de reportar una carta: usa las dos, sin más. En Kindredly, un reporte guarda una copia de lo que se dijo, y cuando tres lectores distintos reportan al mismo remitente, se le cierra la puerta.
Y la buena noticia
La inmensa mayoría de la gente que escribe a desconocidos es exactamente lo que parece: alguien con su cafetera y una mala semana, que busca a otra persona, una sola, dispuesta a leer la versión de verdad. Las reglas de arriba no están para que desconfíes de esa gente. Están para que puedas escribirles con total sinceridad, porque te has guardado lo único que había que guardar, y eso nunca fueron tus pensamientos.
Hoy hay quince cartas en el escritorio. Ninguna lleva nombre. Para leerlas no hace falta que des el tuyo.